Una de mis
mayores cargas es que rara vez es explicada la Cruz de Cristo. No es suficiente
decir “Él murio” – ya que todos los hombres mueren. No es suficiente decir “el
murio noblemente”- ya que los martires hacen los mismo. Tenemos que entender
que no hemos proclamado en su llenura la muerte de Cristo con poder salvífico
hasta que hallamos aclarado la confusión que la rodea e exponer su verdadero
significado a nuestros corazones – Él murio llevando las transgresiones de Su
gente sufriendo el castigo divino por sus pecados: Él fue abandonado por Dios y
molido bajo la ira de Dios en su lugar.
Desamparado de Dios
Uno de los
pasajes más inquietantes, e incluso escalofriante, es el relato en las
Escrituras de Marcos la exclamación del Mesías al estar en la Cruz romana. Y
exclamo:
ELOI, ELOI, ¿LEMA SABACTANI?, que traducido significa, DIOS MIO, DIOS
MIO, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?
En luz de
lo que sabemos sobre la naturaleza impecable del Hijo de Dios y su perfecta
comunión con el Padre, es difícil entender las palabras de Cristo, aun así en
ellas encontramos el significado de la Cruz expuestas, y encontramos la razón
por la cual murió Cristo. El hecho que Sus palabras estén también documentadas en
hebreo nos dice algo de suma importancia para ellos. ¡El autor no quería que
mal-entendiéramos o que se nos escapara ni una sola cosa!
En estas
palabras, Jesús no solo esta llamando al Padre, pero como maestro consumado, Él
también esta dirigiendo a Sus espectadores y todos los futuros lectores a una
de las más importantes profecías mesiánicas del Antiguo Testamento – Salmo 22.
Aunque todo el Salmo esta lleno de profecías detalladas de la Cruz, solo nos
concentraremos en los primeros seis versículos:
1Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?2Dios
mío, de día clamo y no respondes; y de noche, pero no hay para mí reposo.3Sin
embargo, tú eres santo, que habitas entre las alabanzas de Israel.4En
ti confiaron nuestros padres; confiaron, y tú los libraste.5A ti
clamaron, y fueron librados; en ti confiaron, y no fueron decepcionados.6Pero
yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo.
En los días
de Cristo las Escrituras Hebreas no estaban organizadas en capítulos y
versículos numerados como los tenemos hoy. Así que cuando un rabino quería
dirigir a sus oyentes a cierto Salmo o porción de la Escritura, lo hacia
recitando las primeras líneas del texto. En esta exclamación desde la Cruz,
Jesús nos dirige al Salmo 22 y nos revela algo del carácter y propósito de Su
sufrimiento.
En los
primeros dos versículos, escuchamos la queja del Mesías- Él se considera
abandonado de Dios. Marcos utiliza la palabra griega egkataleípo, el cual significa desamparado, abandonado, o
desertado. El Salmista utiliza la palabra hebrea azab, el cual significa Autor: Diegodejar,
perder, o desamparar. En ambos casos, la intención es clara. El Mesías mismo es
consciente que Dios lo ha desamparado y puso el oído sordo a Su llanto. Este
desamparo no es simbólico ni poético. ¡Es Real! ¡Si alguna vez alguna criatura
se sintió desamparada de Dios, este fue el Hijo de Dios en la Cruz del
Calvario!
En el
cuarto y quinto versículos del Salmo, la angustia sufrida por el Mesías se
vuelve más aguda al recordar la fidelidad del pacto de Dios hacia su pueblo. Él
declara:
4En ti confiaron nuestros padres; confiaron, y
tú los libraste.5A ti clamaron, y fueron librados; en ti confiaron,
y no fueron decepcionados.
La aparente
contradicción es clara. Nunca hubo una instancia en la historia en la que el
pueblo pactal de Dios hubiera visto a un hombre justo clamando a Dios sin ser
rescatado. Sin embargo, el Mesías sin mancha cuelga del árbol completamente
desamparado. ¿Cual podría ser la razón por el desamparo de Dios? ¿Por qué le
dio la espalda a Su Hijo unigénito?
Entrelazado
en el llanto del Mesías se encuentran las respuestas a estas preguntas
inquietantes. En el tercer versículo, Él hace la declaración inquebrantable que
Dios es Santo, y luego en el sexto versículo Él admite lo atroz – Él se había
vuelto un gusano y ya no era un hombre. ¿Por qué utilizaría el Mesías tal
lenguaje peyorativo hacia si mismo? Acaso se veía a si mismo a si mismo como un
gusano porque se había vuelto el “oprobio de los hombres, y despreciado del
pueblo” ¿o había una razón mas espantosa para Su auto-deprecación? Después de
todo no clamo, “Dios mío, Dios mío ¿Por qué me ha desamparado el pueblo?” ¡Sino
que se esforzó en saber por que Dios lo había hecho! La respuesta puede ser
encontrada en una amarga verdad solamente – el Señor había hecho que toda
nuestra iniquidad cayera sobre Él, y como un gusano, Él fue desamparado y
molido en nuestro lugar.
Esta
metáfora oscura del Mesías agonizante no esta solamente en las Escrituras. Hay
otros que nos llevan más a fondo al corazón de la Cruz y nos abre que “Él
padezca mucho” en orden de ganar la redención de su gente. Si temblamos ante
las palabras del Salmista, seremos llevados a oír al tres veces santo Hijo de
Dios volverse la serpiente levantada en el desierto, y después, el cordero
expiatorio que cargaba el pecado que se dejaba a morir solo.
La primera
metáfora se encuentra en Números. Por la constante rebelión de Israel hacia
Dios y su rechazo de Su provisión misericordiosa, Dios envío “serpientes
abrasadoras” entre el pueblo y mucho s murieron. Sin embargo como resultado del
arrepentimiento del pueblo y la intercesión de Moisés, Dios una vez más hizo
provisión para su salvación. Él le ordeno a Moisés “Hazte una serpiente
abrasadora y ponla sobre un asta” Él luego prometió que “todo el que sea
mordido la mire, vivirá.”
Al
principio parece contradictorio a la lógica que “la cura tuviera la semejanza
de aquel que había herido.” Sin embargo provee una poderosa imagen de la Cruz.
Los israelitas estaban muriendo del veneno de las serpientes abrasadoras. El
hombre muere del veneno de su propio pecado. A Moisés le habían ordenado poner
la causa de la muerte alto en un asta. Dios puso la causa de nuestra muerte
sobre Su propio Hijo al colgar alto sobre la cruz. Él había venido “en
semejanza de carne de pecado” y fue “pecado por nosotros.” Los israelitas que
le creyeran a Dios y miraran a la serpiente de bronce vivirían. El hombre cree
el testimonio de Dios según Su Hijo y le ve en fe será salvo. Como esta
escrito, “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo
soy Dios, y no hay más.”
La segunda
metáfora se encuentra el libro sacerdotal de Levítico. Como era imposible que
un solo sacrificio ilustrara o simbolizara completamente la muerte expiatoria
del Mesías, un sacrificio involucrando dos corderos fue puesto ante el pueblo.
El primer cordero fue inmolado como ofrenda expiatoria ante el Señor, y su
sangre fue rociada en y delante del propiciatorio detrás del velo del lugar
santísimo. Simbolizaba a Cristo quien derramo Su sangre en la Cruz para expiar
por los pecados de Su pueblo. El segundo cordero era presentado ante el Señor
como cordero expiatorio. El Sumo Sacerdote imponía sus manos sobre el animal “ambas
manos sobre la cabeza del macho cabrío y confesará sobre él todas las
iniquidades de los hijos de Israel y todas sus transgresiones, todos sus
pecados.” El cordero expiatorio entonces era enviado al desierto llevando la
iniquidad del pueblo a un lugar solitario. Allí vagaría solo, desamparado de
Dios y cortado de en medio del pueblo. Simbolizaba a Cristo quien “llevó
nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz,” sufrió y murió solo “fuera del
campamento.” Lo que era simbólico en la Ley se volvió una realidad insoportable
para el Mesías.
¿No es
asombroso que un gusano, una serpiente venenosa, y un cordero sean puestos como
tipos de de Cristo? Para identificar al Hijo de Dios con cosas “aborrecibles”
seria blasfemo si no vinieran del los santos del Antiguo testamento “inspirados
por el Espíritu Santo” y confirmados por los autores del Nuevo Testamento
quienes van mas allá en las descripciones sombrías. Bajo la inspiración del
Espíritu Santo ellos son lo suficientemente audaces para decir que aquel que no
tuvo pecado “le hizo pecado,” y Él quien fue el amado del Padre, fue “hecho
maldición” ante Él. Hemos oído estas verdades antes, pero ¿nunca las hemos
considerado lo suficiente para ser quebrantados?
En la Cruz,
El declarado “santo, santo, santo” por el coro de Serafines, se “hizo” pecado.
El viaje al significado de esta frase parece casi muy peligroso. Tropezamos
ante el primer paso. ¿Que significa que Aquel en quien “toda la plenitud de la
Deidad reside corporalmente” se “hizo pecado?” No debemos explicar la verdad
ligeramente tratando de proteger la reputación del Hijo de Dios, y aun, debemos
de tener cuidado de no hablar cosas terribles contra Su carácter impecable e
inmutable.
Según las
Escrituras Cristo se “hizo pecado” en la misma manera en que los pecadores se
“vuelven la justicia de Dios” en Él. En su segunda epístola a la iglesia de
Corinto el Apóstol Pablo escribe:
“Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que
fuéramos hechos justicia de Dios en El.”
El creyente
no es “justicia de Dios” por alguna obra purificadora o perfeccionadora según su carácter que lo haga como Dios y
sin pecado, pero como resultado de la imputación por el cual el es considerado
justo ante Dios por la obra de Cristo para el. De la misma manera Cristo no se
hizo pecado por tener un carácter manchado o ensuciado, pero actualmente
volviéndose depravado, pero como resultado de la imputación por el cual fue
considerado culpable ante el juicio de Dios para nosotros. Esta verdad no debe causar
que pensemos menos de la declaración de Pablo que Cristo se “hizo pecado.”
Aunque fue una culpa imputada, fue una culpa real, trayendo una angustia
inquietante a Su alma. Él tomo nuestras culpas como suyas, estuvo en nuestro
lugar, y murió desamparado de Dios.
Que Cristo
se “hizo pecado” es una verdad terrible como incomprensible, y aun justo cuando
pensamos que no se pueden decir palabras más oscuras contra Él, el Apóstol
Pablo enciende una lámpara y nos lleva al fondo de la humillación y desamparo
de Cristo. Entramos en la caverna mas profunda para encontrar al Hijo de Dios
colgando de la Cruz y llevando su titulo más infame – el ¡Maldito de Dios!
Las
Escrituras declaran que toda la humanidad esta bajo la maldición. Como esta
escrito, “maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el
libro de la Ley, para hacerlas.” Desde la perspectiva celestial, aquellos que
quebrantan la Ley de Dios son viles y dignos de aborrecimiento. Son miserables,
justamente expuestos a la venganza divina, y justamente devotos a la
destrucción eterna. No es una exageración decir que la última cosa que el
pecador maldito debería y oirá cuando el de el primer paso en el infierno es a
toda la creación parándose y aplaudiendo a Dios por haberse desasido de el de
la faz de la tierra. Tal es la vileza de aquellos que quebrantan la Ley de
Dios, y tal el desden de lo santo hacia lo impío. Y aun así el Evangelio nos
enseña que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho
maldición por nosotros (porque escrito está: MALDITO TODO EL QUE CUELGA DE UN
MADERO).” Cristo se volvió lo que nosotros éramos en orden de redimirnos de lo
que merecíamos. Él se volvió un gusano y no un hombre, la serpiente levantada
en el desierto, el cordero enviado fuera del campamento, el cargador de
pecados, y Aquel sobre el cual la maldición de Dios cayo. Es por esta razón que
el Padre lo rechazo y todo el cielo escondió su rostro.
Es una gran
travesía que el verdadero significado de la “exclamación de la cruz” de Cristo
a menudo se ha perdido en un cliché romántico. No es raro oír a un predicador
declarar que el Padre rechazo al Hijo porque no podía soportar el sufrimiento
inflingido en Él por las manos de hombres malvados. Tales interpretaciones son
una completa distorsión del texto y de lo que actualmente transpiro en la Cruz.
El Padre rechazo a Su Hijo porque le haya faltado fuerza para testificar Su
sufrimiento, pero porque “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por
nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El.” Él puso nuestros
pecados sobre Él y le rechazo porque Sus ojos son demasiado puros como para
aprobar la maldad y no puede ver la maldad con favor.
No es por
sin razón que muchos tratados bíblicos ilustran un abismo entre un Dios santo y
el hombre pecaminoso. Con tal ilustración las Escrituras están completamente de
acuerdo. Como el profeta Isaías clamo:
He aquí, no se ha acortado la mano
del SEÑOR para salvar; ni se ha endurecido su oído para oír. Pero vuestras
iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros
pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros para no escucharos.
(Isaías 59:1-2)
Es por esto
que todos los hombres habrían vivido y muerto separados de la favorable
presencia de Dios y bajo la ira divina si el Hijo de Dios no hubiera estado en
su lugar, llevando el pecado, y muerto “desamparado de Dios” por ellos. Para
cerrar la brecha y restaurar la comunión, “¿No era necesario que el Cristo
padeciera todas estas cosas?”
Cristo Muere bajo la Ira de Dios
Para obtener
la salvación de su gente, Cristo no solamente sufrió el terrible desamparo de
Dios, pero Él tomo la amarga copa de la ira de Dios y murió una muerte
sangrienta en lugar de Su gente. Solo entonces podía ser satisfecha la justicia
divina, apaciguar la ira de Dios, y hacer posible la reconciliación.
En huerto,
Cristo oro tres veces para que “la copa” fuera removida de Él, pero cada vez Su
voluntad se entregaba a la voluntad del Padre. Debemos preguntarnos ¿que
contenía la copa que hiciera que Él pidiera fervientemente? ¿Qué contenía que
causara tal angustia que Su sudor se mezclara con sangre? A menudo se dice que
la copa representaba la cruel Cruz romana y la tortura física que le esperaba;
que Cristo previó el gato de nueve colas viniendo detrás de su espalda, la
corona de espinas penetrando su frente, y los clavos primitivos que serian
atravesados por sus manos y sus pies. Aun aquellos que ven estas cosas como la
fuente de Su angustia no entienden la Cruz, ni lo que ocurrió ahí. Aunque las
torturas lo colmaban por las manos humanas era el plan redentivo de Dios, había
algo mucho más ominoso que evoco el clamor de liberación del Mesías
En los
primeros siglos de la iglesia primitiva, miles de cristianos murieron en
cruces. Se dice que Nerón los crucifico al revés, los cubrió de alquitrán, y
les prendía fuego para proveer le luz a las calles de la ciudad de Roma. A
través de las épocas desde entonces, un sin numero de cristianos han sido
llevados a las más inquietantes torturas, y aun es el testimonio de amigo y
enemigos al igual que muchos de ellos fueron ante la muerte con gran sagacidad.
¿Hemos de creer que los seguidores del Mesías enfrentaron tal muerte cruel y
con gozo indecible, mientras el Capitán de su Salvación se acobardo en el
huerto, fingiendo la misma tortura? ¿Acaso el Cristo de Dios le temió a látigos
y espinas, cruces y lanzas, o acaso la copa represento el terror infinito que
va mas allá que la crueldad humana?
Para
entender el contenido ominoso de la copa, debemos dirigirnos a las Escrituras.
Hay dos pasajes en particular que debemos considerar – uno de los salmos y el
otro de los profetas:
“Porque hay un cáliz en la mano del SEÑOR, y el
vino fermenta, lleno de mixtura, y de éste El sirve; ciertamente lo sorberán
hasta las heces y lo beberán todos los impíos de la tierra.”
“Porque así me ha dicho el SEÑOR, Dios de
Israel: Toma de mi mano esta copa del vino del furor, y haz que beban de ella
todas las naciones a las cuales yo te envío. Y beberán y se tambalearán y
enloquecerán a causa de la espada que enviaré entre ellas.”
Como
resultado de la rebeldía incesante de los impíos, la justicia de Dios había
decretado un juicio contra ellos. Justamente derramaría su indignación sobre
las naciones. Él pondría el vino de Su ira en sus bocas y forzarlos a tomar
hasta sus heces. El simple pensamiento de que tal destino le espera al mundo es
absolutamente terrible, y aun así ese habría sido el destino de todos, excepto
que la misericordia de Dios busco la salvación de la gente, y la sabiduría de
Dios elaboro un plan de redención aun desde antes de la fundación del mundo. El
Hijo de Dios se haría hombre y caminaría esta tierra en perfecta obediencia a
la Ley de Dios. Él seria como nosotros en todos lo sentidos, y tentado en todos
las maneras como nosotros pero sin pecado. Él viviría una vida perfectamente
justa para la gloria de Dios y en vez de Su gente. Y en el tiempo designado, Él
seria crucificado a manos de hombres impíos, y en esa Cruz, Él llevaría la
culpa de Su gente, y sufriría la ira de Dios contra ellos. El perfecto Hijo de
Dios y verdadero Hijo de Adán juntos en una gloriosa persona tomaría la amarga
copa de de la mano de Dios y la tomaría hasta las heces. Él tomaría hasta que
fuera “consumado” y la justicia de Dios fuera completamente satisfecha. La ira
divina que debió haber sido nuestra seria exhaustada sobre el Hijo, y seria
extinguida por Él.
Imagínese
una represa que esta llena al tope y desuerado contra el peso detrás de el. De
una el muro protector es removido y el poder destructivo es liberado. Como la
destrucción certera corre hacia el pueblo en el valle cercano, de repente la
tierra se abre ante el pueblo y se traga aquello que la habría arrasado. De la
misma manera, el juicio de Dios corría directamente al hombre. No se podía encontrar
escape en la montaña más alta o en el abismo más profundo. Los pies más veloces
no podrían haberlo escapado, ni el mejor nadador soportar sus tormentos. La
represa fue quebrada y nada podía arreglar su daño. Pero cuando toda esperanza
humana fue exhaustada, en ele tiempo oportuno, el Hijo de Dios se interpuso. Él
se paro entre la justicia divina y su gente. Él tomo la ira que ellos mismos
habían encendido y el castigo que ellos merecían. Cuando Él murió ni una gota
del diluvio quedo. ¡Él la tomo toda!
Imagínese
dos piedras de molino, una girando encima de la otra. Imagínese que entre las
piedras hay un grano de trigo que es halado por el gran peso. Primero es molido
hasta ser irreconocible, y después sus partes internas son esparcidas y molidas
en polvo. No hay esperanza de removerlo o reconstruirlo. Todo se ha perdido e
irreparable. De igual manera, “Le plació a Dios” moler a Su propio Hijo y
ponerlo en angustia indescriptible. Por lo tanto le plació al Hijo someterse a
tal sufrimiento en orden de que Dios fuera glorificado y una gente fuera
redimida. No es que Dios se haya complacido o encontrado placer en el
sufrimiento de Su amado Hijo, pero por su muerte, la voluntad de Dios se
cumplió. Ningún otro medio tenía poder de remover el pecado, satisfacer la
justicia, y apaciguar la ira de Dios contra nosotros. A menos que ese grano de
trigo divino hubiera caído y muerto, habría permanecido sola sin una gente o
una esposa. El placer no estuvo en el sufrimiento, pero en todo lo que el
sufrimiento lograría: Dios seria revelado en una gloria aun desconocido a
hombres y ángeles, y gente seria traída a una relación sin obstáculos con Dios.
En una de
las historias más épicas del Antiguo Testamento, al patriarca Abraham le es
ordenado llevar a su hijo Isaac al Monte Moriah y allí ofrecerlo como
sacrificio a Dios.
“Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas,
a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de
los montes que yo te diré.”
¡Que carga
la que fue puesta sobre Abraham! No podemos ni imaginarnos la tristeza que
lleno el corazón del hombre anciano y la tortura que llevo cada pasó del viaje.
Las Escrituras son cuidadosas en contarnos que el fue ordenado a ofrecer a su
“hijo único hijo a quien amaba.” La especificacidad parece diseñado para
agarrar nuestra atención y hacernos pensar que hay un significado más oculto en
estas palabras de las que podemos ver.
En el
tercer día los dos llegaron al lugar indicado, y el padre mismo ato a su amado
hijo con sus propias manos. Finalmente en sumisión a lo que debía hacer, el
puso su mano sobre su hijo y “tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo.” En
ese momento, la misericordia y gracia de Dios se interpuso, y la mano del
anciano se detuvo. Dios lo llamo desde el cielo y dijo:
¡Abraham,
Abraham!... No extiendas tu mano contra el muchacho, ni le hagas nada; porque
ahora sé que temes a Dios, ya que no me has rehusado tu hijo, tu único.
A la voz
del Señor, Abraham alzo los ojos y vio un carnero atrapado por los cuernos.
Tomo el carnero y lo ofreció en lugar de su hijo. Y luego nombro el lugar
YHWH-Jireh o “el Señor proveerá.” Es un dicho fiel que permanece hasta el día
de hoy, “En el monte del SEÑOR se proveerá.” Al venir a un cierre de cortina en
este momento épico en la historia, no solamente Abraham, pero también todos los
que han leído este acontecimiento dan un suspiro de alivio que muchacho se
hubiera salvado. ¡Pensamos que hermoso fin, pero no es el fin, era una simple
intermedio!
Dos mil
años más tarde, las cortinas se vuelven a abrir. El fondo es oscuro y ominoso.
En el centro del escenario esta el Hijo de Dios en el Monte de la Calavera. Él
esta atado por la obediencia de la voluntad de su Padre. Él cuelga llevando el
pecado de Su gente. Él es maldito – traicionado por su creación y desamparado
de Dios. Entonces, el silencio es roto con el horroroso trueno de la ira de
Dios. El padre toma el cuchillo, levanta el brazo, y sacrifico a su “hijo, [el]
único, a quien amas,” y las palabras del profeta Isaias son cumplidas:
“Ciertamente
El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores; con todo,
nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Mas El fue
herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El
castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados…Pero
quiso el SEÑOR quebrantarle, sometiéndole a padecimiento. Cuando El se entregue
a sí mismo como ofrenda de expiación, verá a su descendencia, prolongará sus
días, y la voluntad del SEÑOR en su mano prosperará.”
La cortina
viene a un cierre con un Hijo sacrificado y un Mesías crucificado. A diferencia
de Isaac no había carnero que muriera en Su lugar. Él era el cordero quien
moriría por los pecados del mundo. Él es la provisión de Dios para la redención
de Su gente. Él es el cumplimiento de quien el carnero e Isaac solo eran
sombras. En Él el Monte de la Calavera es renombrado “YHWH-jireh” o “el Señor
proveerá.” Es un dicho fiel hasta el día de hoy, “En el monte del SEÑOR se
proveerá.” El Calvario era el monte y la salvación fue proveída, Así el
creyente discerniente clama “Dios, Dios, se que me amas ya que no me has
rehusado tu hijo, tu único.”
Es una
injusticia al Calvario que el verdadero dolor de la Cruz es a menudo pasado por
alto por un tema romántico y menos poderosa. A menudo es predicado que el Padre
miro desde el cielo y testifico el sufrimiento que era colmada sobre Su Hijo
por manos humanas, y que Él contó tal aflicción como pago por nuestros pecados.
Esto es herejía de la peor clase. Cristo satisfació la justicia divina no solo
soportando la aflicción de los hombres, pero soportando y muriendo bajo la ira
de Dios. Toma más que cruces, clavos, coronas, y lanzas, para pagar por el
pecado. El creyente es salvado no solo porque por lo que le hicieron los hombres
a Cristo en la Cruz, pero por lo que Dios le hizo a Él - Él lo molió bajo toda
la fuerza de Su ira contra nosotros. ¡Raramente esta verdad se hace
suficientemente clara en nuestra predica del evangelio!
Traducido
por Diego Kim
Bogotá,
Colombia con Permiso de Heartcry, Iglesia Bautista del Salvador de Barranco
Lima, Peru